Por: Rafael Araya Masry
23 Febrero de 2007
No resulta fácil muchas veces hacer que el ciudadano común de esta parte del mundo, comprenda en su real magnitud un drama histórico y cotidiano por el que atraviesa el pueblo palestino. Tal vez la idea de que es una problemática demasiado alejada en lo geográfico -casi intangible- inhibe el deseo de hurgar en la historia, en la génesis del conflicto o en el desarrollo permanente de la escalada constante que el sionismo lleva adelante contra un pueblo sometido a la ocupación, contradiciendo en forma flagrante toda norma de las que la legalidad internacional impone.
Nos encontramos por consiguiente, ante la situación en que los más grandes e incondicionales aliados de nuestra causa, son los partidos políticos más esclarecidos, las agrupaciones de la izquierda, los movimientos sociales más comprometidos con la lucha y los círculos intelectualmente más proclives a hacer suya nuestra causa. Y esto, aunque de vital importancia a la hora de sumar voluntades, resulta insuficiente para transformar la Causa Palestina en un valor universal que sume a las grandes masas y a la mayoría de la población para hacerse partícipe de los objetivos de máxima de nuestra revolución y causa nacional (e internacional a la vez).
Y es que no podemos entender a Palestina si no miramos al resto del mundo, su dinámica y su historia. A lo que han sido históricamente las relaciones entre los poderes centrales y la periferia, considerada esta última como una mera fuente para la obtención de materias primas o mano de obra barata. No podemos hacer entender nuestra causa si no la englobamos en las relaciones entre explotadores y explotados, entre dominantes y dominados.
Porque no se trata solamente de despertar simpatías, sino de imbuir convicciones, de grabar a fuego en cada ciudadano que la justicia de nuestra causa pasa necesariamente por la comprensión y asimilación de que Palestina es el último reducto fuerte de dominación colonial e imperial sobre el planeta. Que la incuestionabilidad de nuestros objetivos como pueblo, parten de la fortaleza moral que impone el más elemental derecho a la justicia. Parten de hacer comprender a un trabajador en cualquier parte de nuestra América, que tiene hermanos de clase en Palestina que son objeto de la negación de los más elementales derechos humanos. El derecho a la vida, a un trabajo digno, al desarrollo individual y colectivo y a insertarse en una sociedad en paz y con justicia.
Es decir, no existe en Palestina un problema abstracto o distante que le resulte ajeno a las grandes masas en nuestro continente. Y desde esa perspectiva, podemos concienciar de mejor forma respecto a la imperiosa necesidad del pueblo palestino, de contar con un territorio independiente, libre de injerencia sionista e imperialista, en donde el derecho a la autodeterminación sea consagrado en los hechos y no sólo como una mera cuestión reclamativa.
O sea, la Causa Palestina es un asunto que nos concierne en América del Sur aquí y ahora. Como una causa común, como una causa en propiedad, como la bandera más alta de las aspiraciones de todo pueblo a tener su estado y su modelo de sociedad más justa, más libre y más democrática. |