Por: Ricardo Becchio
24 de marzo del 2007
Los amaneceres de Gaza, Cisjordania y de todo el ancestral suelo palestino obligan a mirar el cielo, no siempre azul y no siempre con aves que anuncian primavera, ese cielo de siglos que apañó generaciones de hombres y mujeres pugnando por seguir siendo ELLOS, atesorando su idiosincrasia; pocas veces, en su semántica, una palabra es tan afín a lo que se trata de expresar,:”idios”:propio,peculiar,privado,”sýnkrasis”: temperamento.
Si, porqué en cada amanecer se renueva la lucha sin armas palpables, pero no por imperceptibles al tacto menos determinantes que las otras, la lid cotidiana por la identidad, por el ser, por la unicidad de la esencia palestina, donde el hijo se identifica con el padre y eso por generaciones con una prosapia inalterada, es un frente donde nunca un paso atrás, el baluarte étnico mantiene sus Termópilas invictas, no han mellado la integridad algunas desavenencias filiales quizá instigadas, quizá propias de la imperfección humana, la mancomunión prevaleció.
Se habló poco, casi nada, de Palestina en todo el mundo, mientras se convertía en retazos su diagrama, más no a su pueblo, aguerrido, valeroso y noble en cada amanecer, encarnado en los que miran ese cielo, sintiendo en sus plantas su tierra, y en las manos firmes, entrelazadas de sus más amados que todos ellos son, cada día más, y por siempre, simple y grandemente ¡PALESTINOS!
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