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Por: Juan Dufflar Amel
20 de marzo del 2007
Desde la derrota sufrida en Vietnam ninguna otra guerra le ha concitado mayor repudio y descrédito al gobierno de Estados Unidos que la George W. Bush, persiste en continuar librando contra Iraq, cuatro años después de haber invadido y ocupado este país.
Lastrada por la inmoralidad y el engaño, la Operación Libertad Verdadera, que dio inicio a la guerra sucia contra la nación árabe, el 20 de marzo del 2003, se ha hundido en un caos de incontenible violencia, inseguridad, anarquía, y desprestigio norteamericano.
Daños colaterales: una expresión cínica
Las consecuencias de esa aventura militar se resumen hoy en la muerte de cientos de miles de civiles iraquíes, un incalculable número de heridos y desaparecidos, 20 mil prisioneros, millón y medio de refugiados, la devastación de sus preciados valores culturales y espirituales y de la infraestructura económica de la nación.
La pacificación y reconstrucción del país son un mito, nunca rebasaron los límites del anuncio hecho por Bush el primero de mayo del 2003, cuando declaró haber terminado las grandes operaciones militares en Iraq.
Un día después, los atentados con coches bombas, los asaltos suicidas y los ataques de la resistencia contra las fuerzas ocupantes en numerosas ciudades del país, se encargaron de desmentirlo.
Con la llegada de las tropas de Estados Unidos, las masacres de civiles indefensos, la violación y el asesinato de mujeres y niñas se han convertido en hechos cotidianos, junto con los asaltos y robos a la población, la depredación, despojo y comercialización ilegal de los valiosos tesoros de la civilización iraquí, junto al el consumo y tráfico de drogas, entre otros crímenes.
Más de 18 mil mercenarios extranjeros contratados por los servicios de inteligencia norteamericanos, israelíes y de países de la llamada “coalición” se encargan de ejecutar el trabajo sucio que les asigna el Pentágono para liquidar la resistencia, exacerbar las pugnas confesionales y evitar mayores bajas entre los invasores.
Bush ha sumido a los iraquíes s habitantes en una situación de extrema pobreza e incertidumbre y los ha privado de servicios de electricidad, agua, salud pública y educación, hacinados en medio de sus miles de hogares en ruinas y circundando por el terror imperante.
Paradójica es la falta de combustible en una nación que poseía la segunda reserva mundial de petróleo y que disfrutaba de una paulatina recuperación económica a pesar del embargo y las sanciones financieras impuestas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en 1991, durante la Guerra del Golfo.
Ni los corruptos procónsules norteamericanos ni el gobierno de utilería encabezado por Nuri Almaliqui, impuesto por la Casa Blanca, han sido capaces de revertir una crisis que se agrava día a día y cuya única solución será la retirada de las fuerzas invasoras y la restitución de la independencia y la soberanía de Iraq.
En el frente doméstico
La población norteamericana, que en más del 65% rechaza esta contienda y demanda el regreso de sus soldados, paga también un alto costo en vidas humanas y recursos económicos por una guerra considerada perdida, y a la cual ha sido conducida bajo la falaz consigna de “salvar al mundo del terrorismo internacional”, aunque ha convertido ahora al planeta en más vulnerable e inseguro.
El ejército norteamericano se ha degradado y desmoralizado con las masacres de civiles y las torturas físicas y psíquicas a los prisioneros iraquíes. Las imágenes de Abu Ghraib, semejantes a las de la ilegal Base Naval de Guantánamo, son testimonios de su pérdida de valores, descrédito e incapacidad para poner fin a la cada vez más organizada y eficaz resistencia armada.
La deserciones de miles de soldados norteamericanos, los suicidios, las perturbaciones psíquicas, el strees y la perdida de autoestima minan a diario la capacidad moral y combativa del ejército de ocupación.
“Iraq es el Vietnam del Oriente Medio”, señalan analistas políticos, y aunque hay grandes diferencias entre ambas guerras, la frase refleja el temor de los estadounidenses a una versión árabe del síndrome asiático en un conflicto al que Bush se niega a poner fin.
Un barco que hace aguas
De la coalición de cerca de 40 países que lo acompañaron inicialmente en la agresión, más de 15 han retirado sus efectivos y otros, como el Reino Unido, su principal aliado en la guerra, han anunciado que lo harán en el futuro.
Señal evidente de que abandonan un barco que se está yendo a pique por la inepta conducción de uno de los más belicistas, peligrosos y torpes mandatarios que ha ocupado la Casa Blanca, desde los tiempos de Harry S. Truman.
En su soberbia, Bush se niega a reconocer el fracaso de esta injustificada guerra y afirma que no se retirará de Iraq, incluso si su esposa Bárbara o su perro Barney, fueran los únicos que lo apoyen.
Factores de riesgo para expandir el conflicto
Fracasado militarmente en Iraq, sin control en Afganistán, bajo la presión política de diferentes sectores de Estados Unidos, cercado por los escándalos de su desmoralizado equipo de gobierno y a menos de un año del término de su gestión presidencial, George W. Bush deviene un mayor peligro para la humanidad.
Generales y ex generales del Pentágono han advertido que su nueva estrategia de incrementar con 21 mil soldados norteamericanos las tropas en Iraq, no hará reversible la evidente derrota de esa guerra.
En los estertores de la fiera herida, y con el empeño de desviar la atención del escenario iraquí, el mandatario yanqui apunta ahora hacia la probable agresión militar contra Irán.
Pretextando la fabricación por parte del gobierno islámico del arma nuclear, ha rodeado a la nación persa de una potente flota de portaaviones y otras naves de guerra cargadas de misiles, prestos para ser arrojados sobre la república islámica.
Si no se le hace desistir de tan loca aventura, lanzará sus zarpazos sobre Teherán a riego de convertir a Afganistán, Iraq e Irán en un triangulo de muerte para millones de seres humanos, y en una enorme hoguera en que se calcinarán, la paz y la seguridad mundial. |